INTER@CTIVA RETRO FM 89.7


DANIEL ATILIO COMBA

PEQUEÑAS HISTORIAS DE AMOR

      FM RETRO TE PRESENTA A NUESTRA ESCRITORA LOCAL

                                MARITA ECHAVE QUE NOS DEJA

         "PEQUEÑAS HISTORIAS DE AMOR.......... Y NO TANTO"

 

 

LA DAMA DE BLANCO

Ella tuvo la mala suerte de enamorarse de un hombre de bien, que a su vez estaba de novio con una chica de bien. Rosarito se llamaba y trabajaba como empleada doméstica, cama adentro, en la casa de una familia “acomodada” del pueblo.

Tenía una belleza singular. Unos veinte años que parecían quince. Delgada y pequeña, su piel era de un blanco pálido como esos lirios silvestres que nacen en el campo. Unos ojos grandes, de azabache brillante daban luz a su pelo negro siempre trenzado, en una sola trenza que le llegaba a la cintura. Era huérfana y los patrones la habían ido a buscar al ranchito donde vivía, con unos abuelos muy ancianos, en Villa del Carmen. Hija “natural” de un diputado “lomo negro” del lugar, no era conveniente que continuara viviendo ahí. La ubicaron en otra provincia y ella se acostumbró a la vida tranquila y de servicio en casa de los Píccoli. Parece que empezó a mirar con buenos ojos al muchacho que solía visitarlos de vez en cuando. Le habían dicho que era tenedor de libros pero a ella le gustaba porque no usaba bigote ni sombrero como la mayoría de los hombres.

Mauricio acostumbraba visitar a los patrones de la joven, que además eran los tíos de su novia, en el negocio que éstos tenían en la misma vivienda.

Tímida y reservada, Rosario les cebaba mate, todas las tardes, hasta decir basta. Las manos de él rozaban la suyas como si fuera casual, y a veces las retenía un momento sin que los otros se diesen cuenta, lo que le hacía subir un calor del pecho a la garganta que le impedía moverse. Así de tarde en tarde…todas las tardes hasta que un día estando ocupados los tíos de la novia con sus clientes, Mauricio avanzó de las manos al cuerpo. La acorraló en un rincón del comedor. La calló con tremendo beso dejándola de piedra incandescente y le dijo: -Dejame la puerta abierta de la pieza que esta noche vengo. Después se fue rápidamente dejándole en la boca el gusto de las pastillas de menta, un perfume delicioso a colonia “La Franco” y tabaco que la mareaba, y esa sensación desconocida de un cuerpo apretando el suyo. Por supuesto que dejó abierta la puerta de su piecita, en el fondo de la casa, todas las noches que él quiso. El saltaba el paredón que daba a la vereda, y en esa camita de lata se olvidaban que afuera había un mundo con ojos de lechuza, oídos de tuberculoso  y garras de arpía.

Este es el costado romántico, pasional de la historia. Como era de pensar, Rosarito se quedó embarazada y él, que estaba verdaderamente enamorado de ella, decidió dejar a su novia para irse con la joven a un pueblo del sur. Rosario se lo dijo a los patrones y Mauricio a su familia y a la familia de Dolly, la novia. El escándalo fue mayúsculo. En pocos días el reguero de chismes llegó hasta los oídos del cura párroco que se escandalizó desde el púlpito. Era un crudo y pleno invierno a fines de los años 30.

Justo ese domingo Rosario desapareció. No estaba ella, ni su valijita de cartón, ni sus pocas prendas, tampoco el carmín para los labios, nada de ella en la piecita del fondo. La buscaron por todo el pueblo, nada. Fue Mauricio a la casa de los abuelos y se encontró con tapera. Habían muerto. Desolado regresó a Moldes pensando que ella lo había abandonado. Abatido como estaba se resignó a su suerte.

Y así fue como la familia de Dolly, “tomó el toro por las astas” le consiguió al muchacho un puesto de trabajo muy bien pago en Mendoza, y con una dote para la hija. convenció a Mauricio que lo mejor era hacer bien las cosas y casarse. Los novios de casaron y se fueron con otro destino antes que pasaran dos meses de la ausencia de la muchacha.

Una siesta de lluvia los chicos que jugaban en el zanjón al costado de las vías, a la altura del primer paso a nivel que va a Fragueyro, descubrieron un pedazo de frazada a cuadros sobresaliendo entre el barro. Y ya se sabe que los chicos son curiosos. Envuelto en la frazada había un cuerpo. Un cuerpo de mujer. La mujer era Rosario Vega. La habían degollado y envuelto su cadáver con las sábanas, frazadas y colchoneta donde dormía. Misteriosamente el cuerpo estaba bastante bien conservado y pudieron hacerse las pericias del caso pero la lluvia y el barro había lavado toda posible huella del asesino. No se hallaron culpables. Nadie reclamó por ella. Simplemente desapareció después de su muerte como si hubiese sido un objeto que molestaba o no hacía falta.

Mauricio, aunque formó una familia modelo, con una mujer y dos hijos ejemplares, nunca fue feliz y murió demente, veinte años después de su matrimonio, afectado de senilidad precoz creyendo que Dolly era Rosario.

Mucha gente ha visto “la dama de blanco” sobre la curva del camino de tierra que va a Fragueyro, en las oscuras y frías noches de invierno, cuando la respiración se hace escarcha. Dicen que hace señas como deteniendo a los autos, pero si el conductor se acerca, la dama desaparece. Esto es parte de la imaginería popular.

Lo que cuento es a su vez una historia que escuché entre “gallos y medianoche” en boca de una anciana que en su juventud había sido confidente de la pobrecita.  

Amores deshechos. Vidas perdidas. Solo la justicia que da a cada cual lo que corresponde sabrá cuándo y cómo los responsables pagarán su deuda y los enamorados podrán reencontrarse.

Marita Echave.

 

                                         Atado a la pata de la silla

“Maña Lorenza” era una mujercita delgada, casi seca, de hombros altos y enjutos. Peinada eternamente con rodete, sus cabellos tirantes, pasaron pronto de la castaña abundancia a cuatro pelos locos que disimulaba con variedad de peinetas. Sin embargo no nos engañemos. Esta aparente fragilidad escondía un espíritu voluntarioso y constante. Nadie imaginó que la furia se escondiera tras el movimiento permanente, el traqueteo intermitente de su máquina de coser. “Maña” era costurera, cosía día y noche  para poner el pan en la mesa. Había que mantener a cinco, incluído el marido, al que conocí como el “NonoGambini. Digo conocí porque, para esa época, cuando yo surcaba velozmente la vereda de esquina a esquina en mi rauda bicicleta roja, el “Nono” estaba en la puerta de su casa, siempre sentado a horcajadas apoyado en el respaldo de una vieja silla marrón. Gordo, coloradote, con el cabello cortado “a la prusiana” y una eterna sonrisa en la cara, parecía un hombre feliz.

-Adiós Nono… -Chau nena. Nunca hablé con él. Alguna vez me senté con otros chicos a oír sus cuentos. Tampoco supe hasta pasados muchos años de la muerte de ambos, cual era la causa que lo mantenía sentado en esa silla mañana, tarde y noche.

Se casaron relativamente jóvenes. Ella era ya una soltera madura para las costumbres de aquellos años 20, y él un soltero poco codiciado, sin trabajo, sin fortuna, con un único puesto de “trombone” en la banda del pueblo, más dedicado a las partidas de tute, bochas, sapo… y “tutti cuanti” fuera apuestas, cartas o dados. Y como una cosa lleva a la otra su vida transcurría de fonda en boliche dándole al “vichel vin” y de burdel en burdel dándole el gusto a la matraca.

Ella se enamoró de su aspecto bonachón y tranquilo, sus espaldas anchas, su pecho como para esconder el rostro de cuatro mujeres  enamoradas, y de su bella voz porque dicen que cantaba maravillosamente aquellas viejas “canzonettas d’amore”…y la Italia era un sueño, un espacio lejano que nunca se olvidaba.

La cuestión es que se casaron. El lo hizo porque ya era tiempo de encontrar una mujer honesta y trabajadora, y ella reunía esas condiciones. Ella porque lo amaba. Tuvieron cinco hijos que “Maña” mantuvo y crió trabajando religiosamente en su máquina de coser. Mañana, tarde y noche se oía el traqueteo metálico y se la veía  frente a la ventana, que daba a la calle, con sus anteojos de marco negro y redondo inclinada sobre la costura, sin levantar la vista, sin distracción alguna. Tenía tiempo para cocinar, lavar y planchar, y cultivar una quinta en el fondo del patio de la casa que proveía lo elemental para el puchero o el guiso cotidiano, y nunca faltaban los cardos para la “bagna cauda” del invierno. Después le ayudaron las dos hijas en la casa, mientras que los varones empezaron pronto a “laborare” en el corralón uno, de albañil con los Persiano, otro, y probando con la mecánica en el taller de la “Ford”, el más chico.

Gambini casado “más no castratto” –como decía entre copa y copa, de aventura en aventura- se jactaba con los amigos de seguir una vida de soltero y gustaba de inventar las más fabulosas mentiras que los clientes de las fondas y boliches del pueblo hayan podido escuchar. Ése era su “trabajo”, lo hacía de maravilla, y tenía una vasta fila de oyentes y participantes. Así vivieron durante veinticinco años. Ella soportando las mentiras, la pereza y las juergas, y perdonando “los cuernos” con sólo oírlo cantar en su oreja las palabras más dulces que pudo escuchar en su vida. Hasta que un día se cansó.

-Ahora vas  jugar a las bolitas con los chicos, le vas contar mentiras a las gallinas en el fondo y las “canzonettas” únicamente en el “mío letto” -se dijo a sí misma-                                                                

Dado que el “Nono” almorzaba y cenaba copiosamente siempre se tomaba un buen “boldo” después de cada sentada. Una noche “Maña” preparó el té como de costumbre pero le agregó esencia de valeriana pura y densa que tenía macerando de hacía rato, y otras hierbas de origen dudoso que nadie supo dónde había conseguido. De la mesa a la cama pasó Gambini, sin tiempo para pensarlo, y por primera vez los amigos de la fonda  no lo tuvieron en la partida de esa noche. Cuando estuvo profundamente dormido, “Maña” tomó el cuchillo “de caza” del propio “Nono”, al que mantenía brillante, pulido y afilado. Se encaminó al lecho donde había amado a ese hombre desde su puritana sensualidad; donde se habían concebido y parido los hijos. Lo miró largamente, lo destapó…y como él tenía la saludable costumbre de dormir “nudo”, tomó delicadamente sus testículos entre los dedos - que tanto sabían de cortar y coser - y lo liberó, limpiamente de un solo tajo, de su festejada hombría.

Después tranquilita llamó al médico de la familia para cortar la hemorragia que consumió varias tollas, y le bajó la presión a cinco, al sorprendido durmiente; colaborando en la “costura” sin que se le moviera un pelo, ni le saltara una lágrima. Es claro que se prefirió guardar el secreto por cuestiones de “honor” de ambos lados. Y la rutina siguió como si nada. “Maña” traqueteando la máquina de coser bajo la ventana. Y el “Nono” ahora sentado en la puerta, engordando y viendo pasar la vida. Nunca más boliches y burdeles. Un amor limpio y cariñoso para ella que lo mantenía, y nada de “puttanas”. Escarmiento a la piamontesa –decían las vecinas-  Eso sí, el “Nono” nunca dejó de contar esas fantásticas historias que constituyeron parte de su fama pero ahora a nosotros… los chicos del barrio.

Marita Echave.

 

 

         MAS ALLA DEL BIEN Y DEL MAL

Esta es una historia de amor que conmovió a las familias de los enamorados durante muchos años. Encuentros y desencuentros. Amenazas y prohibiciones. Intereses económicos velando el poder de los sentimientos. Recuerdo haber escuchado a los mayores, entre juegos o de pasada…- Y sí, el nunca dejará de quererla… es un estúpido… - Pobre sigue enamorado como a los quince, no deja de hacer papelones-.

Malvina y Ernesto se conocieron de niños en las fiestas y trabajos comunes del campo que reunían a los vecinos y se amaron desde entonces. En la adolescencia, los tiernos juegos infantiles, se convirtieron en ardorosa pasión que siguió su curso naturalmente, sin prejuicios. Ella se había transformado en una mujer de “armas tomar” fuerte, decidida, bella y apasionada. Manejaba hacienda, caballos y peones como un hombre más. El siguió siendo tímido y sensible, como si el niño aquel de los rulos dorados no quisiera irse de su corazón, y permaneció sujeto a esa corriente eléctrica que lo ataba los ojos y las órdenes de su amada. Lo recuerdo, ya mayor, hablando bajito con mi padre codo a codo en la mesa del comedor. Con sus camisas impecables, sus zapatos brillantes y un bigote espeso, rubio que seguramente reemplazó a los bucles de oro de los que hablaba mi abuela…- A Ernesto se le volaron las chapas, abuela, y todavía no se casó- decía mi tío. A mí me daba pena porque intuía en sus ojos grandes y tristes una ausencia, un dolor que no alcanzaba a comprender con mis nueve o diez años. - ¿Por qué Ernesto no se casó? -solía preguntar a mis padres, después de la acostumbrada visita que nos hacía los domingos a la mañana-. Y seguramente que los ponía en aprietos porque se miraban entre ellos con demasiada seriedad y me contestaban cualquier cosa.

Un buen día dijeron que estaba de novio con la Griselda Luppo, una solterona que vivía sola a las afueras del pueblo, y no me pareció mal, pese a los: – Podría haberse buscado otra, no?. Pero él tampoco se casó con Griselda. La visitó varios años hasta que ella se hartó de esperar y se casó con uno más decidido que la veía en otro horario.

Con el tiempo descubrí que Malvina se había casado con un hombre capaz de matar por ella, abandonando a su amor de la adolescencia, por este más aceptable para la familia. Aceptación que por entonces significaba, disposición para el trabajo y propiedades, dos posesiones de las que Ernesto carecía. Él solamente era un buen muchacho. Y para cualquier familia piamontesa venida a “hacer la América” eso no era suficiente.

Dicen que ellos siguieron encontrándose a escondidas siempre, porque era más fuerte la necesidad de… aunque sea verse, que el temor a la crítica despiadada o a la venganza de los celos. La cuestión es que pasados ya sus sesenta años, ella quedó viuda, y después de los meses del luto formal y riguroso se lo llevó a Ernesto de la nariz a su casa, su cama y su vida. - “El Amor es más fuerte que la Muerte”- le decía el rey Salomón, a su amada, la reina de Saba, y de ese amor, hasta La Biblia habla.

Ellos vivieron esos años juntos sin pensar en  el tiempo perdido. Más allá de acuerdos y desacuerdos, críticas, malas lenguas o lo que fuera.

 – Estaba escrito en nuestro destino –  dijo Malvina acariciando las arrugas del rostro de Ernesto y estas huellas no son más que el precio que pagamos por no hacer los que sentían nuestros corazones-

Malvina y Ernesto se fueron de este mundo casi al mismo tiempo. Seguro que en eso hicieron un pacto… y además ella, esta vez, no se lo iba a dejar a la otra.

 Marita Echave.-

 

                                  ISOLINA

Se marcharon del pueblo una noche fría y oscura, de ésas que no dejan ni los perros afuera. Eran dos sombras uno detrás del otro caminando apurados al costado de la ruta y hacia donde los esperaba el “Guapo” Sosa con los caballos. Así se escaparon juntos. El tenía veinte años y nada más. Ella cuarenta y dejaba toda su vida en ese rancho ajeno: un marido que la fajaba, para que aprendiera, desde que se casó a los quince; los gurises más chicos, de trece la mayor y de dos años el menor, y veinticinco años de tirarle las tetas a las vacas sin ganar más que el barro, la esclavitud y un reuma que se le venía al galope. - Los dejé dormidos y bien tapaditos…anoche le hice arroz con leche con azúcar quemada y se comieron la olla entera…les cosí muñequitas de trapo nuevas a todas las chicas y les compré pelotas de goma en lo del Turco a mis guachitos pa que no se me enojen. Los más grandes ya trabajan en el pueblo y tienen quien los quiera –iba repitiendo mientras caminaba detrás del hombre.

Después montaron a caballo y se fueron al trotecito o galopando de a ratos porque el camino hasta Achiras era largo. Pero a ellos no les importaba. No les importaba nada más que alejarse de todo y vivir solitos ese amor que los tumbaba en cualquier parte y que los tenía locos como a dos pichichos. A quien le importaba la diferencia de edad, él la quería más que a una madre, y ella quería mucho a sus hijos, pero no tenía hombre.

La conocí a Isolina  con sesenta largos, el cuerpo y los brazos robustos, pelo blanco y un corazón grande de puro amor…y de puro chagas también. Y lo que cuento es la visión del recuerdo de sus relatos, en esas mañanas de cocina tibia donde ella me esperaba con criollitos y mate amargo cuando yo llegaba de dar clase, muerta de frío y de ganas que charláramos de “bueyes pedidos”.

- Ahí en Achiras cambiamos los caballos y nos fuimos en mula cruzando las sierras. Hay que ver como saltan en los “pricipicios” esos animales. Yo me agarraba juerte y cerraba los ojos porque no conocía esos lugares… si yo era de andar entre médanos y pajonales.  Así apenas nomás llegar a la casa de la tía que lo había criado a Videlaella lo nombraba siempre por el apellido- cuando bajé de la mula caí redonda y estuve desmayada dos días en el catre. Doña Laureana era curandera y me “dispertó” con unos yuyos y un sapo que se me secó en la panza. Jué muy buena con nosotros  estuvimos nueve años en el Cerro Áspero viviendo ande ella. Le trabajábamos con las cabras y las ovejas. Videla pastoriaba en el filo, en el verano, y las traiba al arroyo en el invierno porque era más fácil encerrarlas pa cuidarlas del “lión” –allá le dicen lión a los pumas- esquilaba también porque en ese tiempo era muy guapo. Yo ordeñaba y hacía los quesos pa vender en el pueblo o cambiarlos por “vicio” –yerba, tabaco y ginebra- y la Laureana hilaba la lana, la teñía con lo que ella sabía preparar del chañar y otras ramas que juntaba pero nunca me enseñó…más que todo ella “curaba”. Sabíamos estar mateando en el patio y las víboras me cruzaban entre las piernas. -- Quédese quietita m´hija y no las mire que no le hacen nada. Ellas las dejaba pa que le cuidaran el terreno, y había unas chuñas, también y unas gallaretas que metían ruido cuando visteaban gente…pero no había perros…uno solo negro malo como el diablo. Lo soltaban de noche nomás y no se acercaban ni las ánimas.  Después cuando Videla se pelió con la tía porque no nos quiso dar unas tierras, nos vinimos a trabajar al “Chañarito” en la estancia de los Gonzáles de Buenos Aires que eran patrones muy ricos y muy buenos. Videla para peón y esquilador, y yo cocinera en la casa grande. Usaba uniforme como las otras y los sábados el patrón nos ponía coche para que fuéramos al baile. Videla se enojaba conmigo porque a él nunca le gustó bailar, pero a mí sí…ahí fue cuando se le dio por chupar cada vez que me iba. Duramos casi doce años en la estancia. Estuve feliz en esa casa. Cuando llegaban de la ciudad las chicas me abrazaban. –Vaya preparando la lechuga “Soli”-me decían- Vivían a lechuga y mate amargo, nomás, esas mujeres…y todo el día tomando sol al lado de la pileta…como las iguanas. Si les habré limpiado fuentadas de lechuga porque querían estar flacas…Eso sí, a la noche siempre había asado y uno podía comer todo lo que quería. Cuando volvimos acá, en el “Achirero”, porque todavía pasaba el tren, a mí no me quedaba familia. Las chicas se habían casado y casi todas se las había llevado el marido. De los muchachos uno solo me hablaba, que es el que ahora vive conmigo y Videla.  A él también lo dejó la mujer…y  le llevó los chicos porque se fue con un hombre rico de Mar del Plata.

Nunca me habló de sus pasiones pero entendí que fue una mujer libre “de naturaleza juerte y bien preparada” –como ella decía-  A pura paciencia fue reencontrándose con alguno de los hijos y se crió una pilada de nietos como para pagar la deuda por el abandono. Videla no le trajo más que ganas de morirse con el tiempo. Y un buen día entre “ganchos y patadas” harta del maltrato, se le fugó con el “Preparate Boquita” un riojano aquerenciado en el pueblo que trabajaba en “Los Alamos” con el viejo Manubens Calvet. –Abran cancha y anchura pa que pase esta hermosura! - le había dicho en una domada cuando lo conoció. Ella no se dio cuenta que en el fulgor de esos ojos “claros como ramita de sauce” tenía algo que ver el tinto. Él le prometió casa y todo lo demás, pero al cabo de los años con lo único que cumplió fue con darle al trago, y a ella que a los setenta y pico, todavía, la volvían loca esos ojos verdes que chispeaban al abrazarla, le dieron ganas de morirse nuevamente. El corazón grande le aguantó a los trancos. De a poquito se le fueron abriendo las grietas que la enfermedad y el desamor le habían marcado y se le escapó el alma sigilosamente sin que nadie se diera cuenta. Esta vez se escapó solita, en un caballo blanco, hacia la luz “calientita y con olor a jazmines” donde un mozo rubio de ojos azules la envolvió en sus alas y se la llevó galopando por el cielo diciéndole que la amaría para siempre.

Marita Echave.

LA VIRGINIDAD TIENE SU PRECIO

Cuando los conocí ya llevaban más de veinte años de casados y no tenían hijos. Él era ruidoso, alegre y charlatán. Lo seguíamos todos los chicos de la cuadra porque nos compraba chocolatines “Milkibar” y los domingos, en la cancha, si jugaba el Everton había choripanes y naranjas para cada uno. Así que era cuestión de ir a hacer la barra y gritar los goles…pero nada de pelearse con las mujeres de Belgrano que venían en camiones y eran muy bravas. Además teníamos que cuidarle el pañuelo a Perico. Se lo ponía en la cabeza a modo de gorra atado con un nudo en las cuatro puntas. Con un poquito de viento…chau…y allá corríamos a buscarlo. El que se lo traía de vuelta tenía caramelo de premio. Le gustaban mucho los chicos. Quizás porque no puede tener hijos –pensábamos- nos quiere tanto.

Panchita era pequeña y silenciosa. Siempre resguardada en la cocina del hogar vivía para obedecer las órdenes y darle con todos los gustos a su marido. Montañas de camisas impecables sobre la mesa de planchar. La comida a horario. La casa reluciente. “En esta casa no debe faltar el chorizo”- lo recuerdo gritando- y ella corriendo hacia nosotros con el billete “Vayan rápido chicos, traigan dos salamines de la Pepa y si no tiene, vayan al almacén de Crespi o de Berardo que ya está Perico a cenar…y me olvidé…y se me va a enojar”.  Panchita y Perico estuvieron casados cuarenta y pico de años. Años que pasaron, uno igual al otro sin que vinieran los hijos. Ellos continuaron con la misma rutina. Aunque ya sobre nuestra adolescencia vimos un cambio. Se peleaban  frente a nosotros o cuando estábamos jugando al tejo en la vereda.

La imagen bonachona, despreocupada que teníamos de él se fue transformando y más aún aquel año en que supimos que la engañaba. Comenzó a parecernos miserable y mandón, aunque en realidad le tuviéramos más lástima que otra cosa. Panchita lloraba en los rincones pero aceptaba de algún modo esa doble vida al seguir cumpliendo con sus obligaciones de ama de casa como si no pasara nada. Lágrimas y arroz con leche eran su alimento diario. Perico se “floreaba” con la otra por todas partes para demostrar una hombría que nadie hubiera cuestionado.

Sólo mucho tiempo después supimos la verdad. Tal vez la clave de ese amor tan particular. Él la trataba como si fuese su esclava y ella lo atendía como hubiese cuidado a su primogénito. Los hijos nunca habían llegado, en realidad, porque el matrimonio no se había consumado. Panchita era virgen y lo descubrió cuando fue al médico con las molestias de la menopausia. Antes nunca porque era preferible no enterarse quién era de los dos el que no podía concebir, y también porque a ella le daba mucha vergüenza. Para revisarla y hacer los exámenes de rigor tuvo que cortar con el bisturí un himen extremadamente grueso e inflexible. A partir de ahí Panchita adoró en secreto a su médico al que visitó regularmente durante una década. Con más de cincuenta años supo lo que era la delicia de una sexualidad completa aunque ya sin posibilidades de dar fruto. Pero qué importaba si ella tenía un hijo grande y caprichoso, un adolescente perpetuo para criar en su casa.

Así convivieron hasta que el partió a otro cielo acosado su corazón por el abuso de estimulantes de su virilidad o tal vez por la desorientación que le provocaba eso de tener que latir en forma permanente a dos ritmos tan distintos.

Ella se extinguió ya anciana atendiendo a su anciano perro con la misma solicitud con que atendía a Perico. Después de todo él había sido el gran amor de su vida.

 

                              CUARENTA AÑOS DE NOVIOS

Sus familias se conocían desde siempre. Mejor dicho desde que los chacareros habían comenzado a llegar a la Colonia “Domingo Funes” en el nuevo ferrocarril Pacífico. El pueblo había crecido junto a esas familias que se multiplicaban y entrecruzaban sus vidas. Eran vecinos en la chacra, y casi lo fueron en el pueblo. Después de la crisis del 30 muchos colonos buscaron en las ciudades mejorar sus vidas. Los padres de Elvirita trajeron a sus hijas para que aprendieran costura y bordado como para mantenerse, y encontrar novio, ya que eran cinco hermanas. Los hijos varones permanecieron en el campo para repartirse unas pocas hectáreas y porque es mejor que la tierra quede para los hombres. Las hijas pueden casarse con cualquier vago que después se queda con el fruto de tantos esfuerzos. El “Ñato” era pueblerino desde la muerte de su padre. Como era el único hijo que les había quedado vivo de los seis que parió la “mamma Tressan” los abuelos vendieron las tierras, le compraron casa en el pueblo a la viuda y se volvieron a Italia pensando que llevarían al nieto cuando se pusiera los pantalones largos. Sueño que la guerra y Elvirita se encargaron de transformar en otra cosa.

Ellos se “hicieron de novios” en un baile de fin de año del Club Everton. El ritmo de los pasodobles los unió en una pasión cadenciosa de la que ya no pudieron desprenderse pero tampoco concluir. Aquel 31 de diciembre el “Ñato” se jugó entero al decirle a Elvirita que estaba enamorado de ella y deseaba visitarla.

Quién iba a pensar que esas visitas se prolongarían cuarenta años. “No puedo dejarla sola a mamá”   le había dicho él, cuando ella le pidió que fijaran fecha para casarse.

La madre del “Ñato” que había quedado viuda siendo él un niño, se dedicó a atender al  vástago, hacer la quinta minuciosamente y mirar por la ventana cómo se desarrollaba la existencia de los vecinos. Eso sí el hijo lucía y relucía, ya sea en el bar, cuando iba a la infaltable partida de mus con los amigos, en la misa de los domingos y en los bailes a los que concurría religiosamente con Elvirita. Como si el tiempo se hubiese detenido en la ventana, para ella, su “Ñato” era siempre un chico al que tenía que cuidar. No le hacía ninguna gracia que la hija de su “comadre” le hubiese robado la “compaña”. Por eso nunca visitó la casa de Elvira, y la miraba de reojo, cuando venía a la suya para almorzar juntos en Navidad.

Ellos eran esos “novios de antes” que nunca se tocaban, ni se tomaban de la mano en público. Uno jamás hubiera podido imaginarlos en un encuentro ardoroso detrás de sus rostros inexpresivos. Sin embargo, de tanto en tanto, una luz iluminaba los ojos de Elvira y su sonrisa-corazón se mostraba más radiante. Con el transcurso del noviazgo los bordados “para afuera” pasaron por sus manos de hada, al igual que las prendas del ajuar de novia que guardó en dos valijas a la espera de un “sí” que nunca llegó para ella.

Por esas cosas de la vida, cuando se quisieron dar cuenta, habían pasado más treinta y unos de Diciembre de los que podían contar con los dedos de la mano. Ellos seguían bailando pasodobles, amarraditos, con la mirada perdida en el remolino de danzantes como si fueran esos jóvenes estáticos del 40, con el mismo traje a rayas él y el mismo vestido ella…los mismos zapatos, el mismo peinado. Parecían una foto de Reiser en medio de los pantalones “pata de elefante” y las minis supercortas de los años 70. Sin embargo no los amedrentaban las miradas sugestivas de las generaciones que los veían pasar… y pasear juntos en el viejo Oldsmobile celeste y negro. Ésa era la manera que tenían para amarse. Nunca un sí pero tampoco un no. Y los de afuera son de palo.

Poco después de la partida de la anciana madre, partió él a mejor vida sin casorio y sin descendencia. Elvirita no pudo resistir la soledad. Sus manos dejaron de hacer maravillas con los hilos, sus ojos se fueron apagando y su sonrisa se cerró de un día para otro. Como si fuese una postal envejecida toda su figura se fue desdibujando hasta que de pronto desapareció de la vida cotidiana sin que nos diésemos cuenta.

Ahora, hay otra pareja que los reemplaza en los bailes…pero ellos se desarman con los tangos y este amor es otro cantar.

 

Marita Echave.

 

                                  LUCRECIA B. AMOR GITANO 

Me encontré con Lucrecia de casualidad en el aeropuerto de Buenos Aires. Era imposible no reconocerla pese a los años que habían pasado. Su cabellera larga, negra y ondulante y su porte sensual se mantenían intactos. Unos ojos negros, rasgados, inmensos siempre húmedos y sombreados por espesas pestañas se destacaban en el rostro anguloso. Sólo la boca preciosa, una boca que daría envidia –de conocerla- a la Jolie o a Sofía Loren tenía un rictus de tristeza que no había observado en mi niñez.

Su vida había cambiado ostensiblemente. Me dijo con la mirada encendida: “Ahora soy feliz. He completado lo que me faltaba”. La observé alejarse entre la gente y su perfume de geranios y azahares me envolvió como ocurría cuando venía a visitar a mi madre. Cuánto deseaba parecerme a Lucrecia en esa época…como todas las chicas de mi edad que la conocieron…como todas las mujeres del pueblo…todas querían tenerla de amiga, imitar sus modales, la forma de vestir. Todas envidiaban secretamente esa belleza y el amor apasionado, de novela que vivía con Carlos Alberto, el hijo del jefe de la estación ferroviaria. Se habían casado en secreto y huyeron de las habladurías, de los prejuicios, de la rotunda negativa de los padres de Lucrecia, para esconderse en este pueblito de provincia que los recibió alborozado por la novedad.

Ella era andaluza, hija de un funcionario de la Embajada de España en Argentina. Su familia pertenecía a la aristocracia española y varios condes rodeaban su cuna con nombres rimbombantes. El estudiaba en la capital y estaba apunto de recibirse de abogado cuando la conoció en un baile de carnaval, al que ella había escapado con unas amigas disfrazada de colombina, a divertirse con los plebeyos.

Se citaron a tomar el té. Luego a pasear por el Rosedal…el lago de los jardines de Palermo…Plaza Francia…la fuente de las Nereidas.  Música de Jerry Louis, Pat Boone y Doris Day en sus oídos. Pérez Prado y mambo para pasarla bien. En poco tiempo descubrieron que lo único que deseaban era estar juntos mañana, tarde y noche. Así enamorados y consumidos por una pasión sin límites llegaron a Estación Torres un frío Agosto del 56. El comenzó a ejercer su profesión de abogado. Ella a encantar a la gente con su forma de ser. Esa sana afectuosidad que desplegaba la hacía un espécimen raro entre personas que raramente se prodigaban cariño y elogios.

Eran un matrimonio perfecto a la vista de todos. Bellos, enamorados, con dos hijas que parecían princesitas de cuento y una holgada posición económica. Los padres de ella si bien no la visitaban habían digerido el bochorno y por lo menos le enviaban regularmente buenas suma de dinero, ropa, joyas y perfumes importados.